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[ Relatos cortos 2020 ]

torció la boca y no supo identificar el regustillo amargo que se le vino al paladar. Ni
tampoco la sensación aguda de que le faltaba algo. Un quejido lastimero escapó de su
boca junto con el aire que había estado conteniendo mientras observaba AQUELLO.
Luego se incorporó y volvió a mirarse al espejo.

Mario sacudió la cabeza y la siguiente pregunta que se hizo fue: “¿Dónde narices
guardaba Lucía las pinzas?”.

Ojalá también hubiera pinzas para sacarse esas espinitas que se nos clavan en el
alma, como esa, con la que Mario, se fue a trabajar esa mañana.

Mario era feliz. Tenía lo que quería y quería lo que tenía. Laboralmente había llegado a donde
en su día se propuso. El sueldo era acorde con su puesto y con la labor que desempeñaba.
Y llegar a fin de mes no era un problema, como tampoco pasar las vacaciones navideñas en
Tailandia o en la Ribera Maya. Los chicos creciendo y, contra todo pronóstico, aplicados y
responsables. Y con Lucía, todo había seguido con un ritmo marcado desde sus comienzos.
Altibajos, como todo el mundo, pero cada vez más espaciados y entre ellos, mantenían la
complicidad de quien te conoce casi mejor que tú mismo.

El zapato, ah, sí, el zapato.

Pues el zapato andaba por entonces dando paseos de aquí para allá ajeno a lo que le
esperaba, haciendo faenas domésticas y recogiendo mandados para preparar la cena.
Nunca algo tan insignificante, y sencillo tendría las mimbres de una especie de epifanía
escatológica. Y es que ese zapato iba a darle a Mario uno de los peores momentos que
habría vivido hasta ahora.

Pero espera, espera. ¿Por dónde iba? ah sí Mario.

Mario y su despertar a la crisis de los cuarenta. Mario y toda esa sensación de pérdida
de lo que nunca volvería a tener, lo que no había hecho y ya no podría hacer. Mario
y la sensación de haberse ausentado del partido justo en el momento culmen, donde
tenía lugar ese gol mitológico, que había tenido que escuchar describir a otros que no se
levantaron para ir al servicio durante el encuentro. Esos, que le demostraron que hay otras
formas de vivir la vida, con tropiezos e impulsos, con besos que no significaban más que
eso, besos. Con cuerpos que no necesitaban que se les rindiera culto, y con caricias que
no sabían a promesas, pero que calentaban el alma y te hacían más ameno el camino.

Y así, de golpe, Mario se dio cuenta de que, no se arrepentía de lo que tenía, pero sí de la
secuencia de los acontecimientos, de los tiempos, de los descansos, de los partidos que
no había jugado, de las sonrisas y miradas que no supo o no quiso interpretar, de las cartas
que no quiso leer, de los dados que no quiso tirar. De los recuerdos que nunca tendría.
Y entonces a Mario, a nuestro Mario le entraron las prisas y se le enredaron los
pensamientos con los cordones de los zapatos.

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