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[ Relatos cortos 2020 ]
éramos cada uno de nosotros, sino peces, dentro de una pecera de cristales invisibles?
A veces me sostenía la mirada y yo era consciente de que no podía verme. Sus
movimientos eran lentos y pausados, casi eternos. También a veces sonreía, o parecía
que lo hacía, pero no era una sonrisa sincera. Tan solo arqueaba los labios, sus ojos
seguían tristes, como si estuvieran cansados de haber visto demasiadas cosas durante
demasiado tiempo. Más bien parecían dos abismos, o dos naufragios.
Aprovechaba cada calada de cigarro para distraerme en las misteriosas figuras
que dibujaban las sombras y, de vez en cuando, volvía a sentir que alguien me
observaba. No podía ser él. Él no podría verme ni aunque clavara sus pupilas en el
punto exacto de mi terraza donde la brasa del cigarrillo iluminaba momentáneamente
mis rostro.
La escena se repetía cada vez que las palabras me dejaban huérfano, frente al papel.
Siempre estaba allí, en medio de la nada y del silencio, parecía que todo el silencio del
mundo manara de aquella figura asomada a la ventana.
No sabía qué decirle, aquella imagen venía a ser algo parecido al folio en blanco
que me había empujado hasta la terraza. Lo miraba, tratando de analizar cada uno de
sus limitados movimientos, como buscando en ellos las palabras que no conseguía
escribir sobre el papel. Y siempre supe, desde la vez primera que lo vi allí, en la ventana,
en medio de cualquier noche, que de nada servía que lo mirara, que no era más que
una quimera buscar las esquivas palabras en aquel hombre callado que solo paría
silencios. Incluso, tal vez, no supiera hablar o, como yo, no fuera capaz de encontrar
las palabras precisas.
Algunas madrugadas se asomaba a la ventana desnudo de cintura para arriba,
ajeno a la barra de mercurio que confirmaba que el invierno golpeaba a la puerta del
mes de noviembre. Era delgado y en el cuadrado luminoso que siempre lo enmarcaba,
parecía más bien una figura de El Greco que una persona de carne y hueso. También
fumaba y, cada vez que la brasa del cigarro cobraba vida a la altura de sus labios, un
remolino de hojas secas arañaba el suelo y, obedientes y sumisas, se amontonaban en
un rincón de la calle.
Era como si estuviera y no estuviera a la vez. Pero solamente de madrugada,
pasada las doce de la noche. Nunca lo vi en otro momento del día, por más veces
que me asomé a la terraza y traté de buscarlo. Nunca. Tan solo existía cuando todo lo
inundaba la noche y su silencio.Nunca conocí su nombre, tampoco a qué se dedicaba,
ni si tenía familia o alguna mascota. Ni si era feliz o quería serlo. Solo supe que estaba
allí, fielmente, cada madrugada que trataba de huir del desierto de sal en el que se
transformaba mi cuaderno.
Más de una vez tuve la tentación de gritarle. Pero nunca lo hice. Seguramente porque
sabía que no me escucharía, por más que gritara. Se limitaba a dejarse mirar, a la espera
de que alguien le pudiera responder las preguntas que tampoco él se atrevía a formular.
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