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[ Relatos cortos 2020 ]
que se derramara mi sangre. Había veces que necesitaba verlo solo un instante para
escribir varios capítulos y, otras veces, que podía estar observándolo toda la noche
para escribir solo unas cuantas palabras.
Con el paso de las noches, de las semanas y de la misma vida, fui acostumbrándome
a su presencia, hasta casi necesitarla, hasta que terminó formando parte de mí. Y así,
después de un tiempo indeterminado, a la hora de poner el punto y final a mi historia,
me llevé una botella de un buen vino y dos copas a la terraza para celebrarlo. Serví
vino en las dos copas y tomé una de ellas. En la ventana, aquel hombre callado parecía
que me devolviera el gesto y brindara conmigo. Quise imaginar que sonreía. Nunca
podría saberlo desde allí.
Seguía sintiendo cada latido del otoño en mis adentros, sentía que era yo mismo
quien se derramaba. Y podía serlo. Cerré el libro en el que había estado trabajando
durante tanto tiempo. Y no era un libro, sino el diario que el psicólogo me había
recomendado que escribiera, me dijo que me vendría bien. Me dirigí a la terraza, y
no era una terraza, sino el cuarto de baño. Me encendí un cigarro y lo busqué en la
ventana. Y no era una ventana, sino un espejo. Y allí estaba él, sin rostro definido, con
una espiral tenebrosa en sus entrañas, a punto de desmoronarse. Cuando aspiraba, el
cigarrillo parecía que cobraba vida e iluminaba parte de su borroso rostro, y las hojas se
removerían en alguna acera del mundo. Sujetaba una copa de vino en una mano, y no
quería que le hicieran preguntas, igual que yo tampoco quería escuchar sus respuestas.
Abrí el grifo del agua caliente y el vapor fue nublando el espejo hasta que aquel hombre
que me miraba desde la ventana, desapareció por completo. Como hacía cada noche.
hhogg
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