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[ Relatos cortos 2020 ]

pruebas. Total, si le venía de camino al trabajo, ese al que hoy no tenía prisas en llegar,
porque a ver con que cara miraba ahora a Carmen, tras el desahogo de la noche
anterior en su coche.

Nada más arrancar, el ambiente dentro del coche, a Mario comenzó a asfixiarlo. Los
recuerdos de la noche anterior lo tenían entre el remordimiento y el orgullo. Entre la
euforia y el desasosiego. De verdad creía que Lucia sería capaz de leerle en la cara lo
que había hecho aquella noche. Así que la miraba de vez en cuando y ella reaccionaba
dándole un toque en el brazo para que devolviese la atención a la carretera. Luego
Mario buscaba indicios de lo ocurrido en el coche, con la intención de ver a través de
los ojos de Lucía, para comprobar que no había rastro del delito. Y también miradas
furtivas por el retrovisor a Manuela, su suegra que, aunque parecía que dormitaba,
sabía que no se le escapaba nada.

Lucía levantó una ceja y lo miró de arriba abajo.

- Pero ¿qué te pasa hoy, Mario? ¡Chiquillo que está en verde! - dijo señalando el semáforo.

Mario dio un respingo, metió primera y aceleró. Y frenó. En seco.

-¡Jo-der!- exclamó Lucía con las manos sobre el salpicadero.

El ciclista levantó el dedo corazón hacia Mario, que pálido y sudoroso, lo vio cruzar
justo por delante.

Mario tragó saliva, inspiró hondo y bajó la vista hacia lo que le había rozado el pie en
el momento del frenazo. Su boquita de piñón dibujó una “O” silenciosa y los ojos casi
se le salen de las órbitas.

Allí, entre sus pies, había ido a parar un zapato que, a causa del frenazo, se había
desplazado por debajo del sillón del conductor. Allí estaba. La prueba del delito. El
zapato. Nuestro zapato.

Y Mario pensó-¡maldita sea mi suerte! ¡El zapato de Carmen!

Ahora sí que Mario empezó a temblar, a hiperventilar, a verlo todo borroso y a…

-Pero Mario ¡por favor que no llegamos! - dijo Lucía dando palmas para hacer reaccionar
a su atolondrado marido.

Mario tragó saliva, apretó los ojos y respiró hondo.

Vale, aún estaba a tiempo. Su cerebro comenzó a funcionar a mil por hora. Una solución,
una maldita solución. Mario buscaba desesperadamente una salida y mira por donde,
en décimas de segundo, la encontró. Una salida, una ventana al exterior, su ventanilla.
Esa que, por suerte, había abierto para interesarse por el ciclista cabrón. Y por la que
debía expulsar cuanto antes, la prueba de su falta. Chico listo. O no.

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