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[ Relatos cortos 2020 ]
Mario cogió el volante con la mano derecha y con la izquierda agarro el zapato y lo
mantuvo junto a su pierna. Luego pegó un salto de su sillón, girando la cabeza hacia
la derecha y gritando:
- ¿¡Pero quéeee coño es esoooooo!?
Luego, todo ocurrió rapidísimo.
Lucía abrió mucho los ojos, lo miró como si le hubiesen crecido tres cabezas y finalmente
los cerró, se agarró la cabeza con las manos, se la llevó a las rodillas, seguramente
pasándole toda la vida ante sus ojos, y preparándose para el impacto contra el coche,
del tráiler, del tren de mercancías, del avión de pasajeros, del satélite o meteorito
espacial o tal vez todo aquello junto, dado la reacción de su siempre juicioso marido.
Pues aquel grito ensordecedor, no podía deberse a otra cosa.
Manuela, que todavía andaba ajustándose la dentadura que casi perdió en el frenazo,
pegó un salto y agarrándose con las uñas a los asientos delanteros, casi sacó la cabeza
por la ventanilla del copiloto. Porque oye, si iba a morir, quería saber qué era aquello
que la iba a mandar de un testarazo a los dominios de San Pedro.
Mientras todo esto ocurría, Mario lanzó por su ventanilla aquel zapato maldito. Nuestro
zapato, que fue a parar a los pies del semáforo, ante la incrédula mirada de los
transeúntes que esperaban para cruzar. Ojo, tuvieron suerte, porque la fuerza con la
que Mario lanzó aquel objeto lo convirtió en un arma blanca, que bien podía haberse
cobrado alguna víctima de entre los presentes.
No voy a contar la reacción posterior al desproporcionado comportamiento de Mario. Ni
el tiempo que dedicaron a buscar dentro del coche. Ni la bronca de Lucía a su madre
acusándola de que un día iba a perder la cabeza. Ni de las explicaciones de Manuela,
diciendo que ella solo quería descansar los pies y que no se explicaba aquello y que
en qué cabeza cabía, que ella iba a salir así de casa. No, no diré nada de esto. Pero sí
diré que, a aquella prueba en el hospital, Manuela acudió tarde y cojeando.
Volvieron a casa en silencio. Cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Lucía, preguntándose qué coño le estaba pasando a su marido.
Mario, que los revolcones fuera del matrimonio no merecían la pena, y que acortaban
la vida. Porque seguramente, si investigaba a conciencia en sus bajos, encontraría
más de una cana, nada más que por las fatiguitas de la muerte que estaba pasando.
Manuela con el ceño arrugado, rascándose la barbilla y paseando la lengua por los
dientes, pensaba que si después de revisar otra vez aquel puñetero coche a conciencia,
su zapato no aparecía, iba a llamar a Iker Jiménez. Porque lo que le había sucedido,
sin duda, era un caso que podría dar para más de un capítulo de Cuarto Milenio.
hhogg
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