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[ Relatos cortos 2020 ]
Y se acordó de cuando las chicas le miraban al entrar en una sala, de cuando se quería
comer el mundo con unos palillos chinos, de lo poco que alimentaba su autoestima
con las sonrisas de sus compañeras de trabajo, de que nunca había deseado más
mundo que el que había descubierto con Lucía. Y de que ahora, el mundo le parecía
un supermercado en el que había entrado, diez minutos antes de cerrar.
Aquí Mario comenzó a hiperventilar.
Bueno, pues volviendo a nuestro zapato, deciros que comenzó a realizar paseos un
poco más largos. Ida y vuelta a la peluquería, a unas oficinas, al centro de salud, a la
farmacia a una cafetería, o a un restaurante y luego, de vuelta a casa. Allí, era cepillado
junto a su compañero y guardado en el armario hasta el gran día.
Pero antes del gran día, hubo otro día, y otra noche.
Mario, de repente, empezó a interesarse por cosas por las que no se había interesado
nunca. Mario comenzó a hacer ejercicio, y se apuntó a un gimnasio. ¡Un gimnasio!
Luego empezó a pensar en que tal vez, necesitaba un cambio de look.
Luego a Mario comenzó a apetecerle compartir esa cervecita de los viernes que casi
nunca le había apetecido, por las ganas de llegar pronto a casa y desconectar.
Y comenzó la socialización de Mario. Y la camaradería. Y las miraditas. Y las sonrisas
cómplices. Y el “tomate una más”, y el “te acompaño a casa” y el “nos vamos andando
y así damos un paseo”.
En fin, que Mario, nuestro Mario, estaba conociendo por primera vez la sensación de lo
prohibido, la anticipación, el tonteo, el quiero, pero no puedo ni debo. Y el calorcillo satisfactorio
de disfrutar, por una vez antes del final del partido, la sensación de hacer novillos.
Hasta aquella noche, justo antes del gran día.
Mario y Carmen, compañera de oficina, ya se habían precalentado como para cocer
una pizza del tamaño de una plaza de toros, sin necesidad de volver a encender el
horno. Y es que el jueguecito fue subiendo de tono, hasta que esa noche, en el coche
de Mario, se enrollaron como dos adolescentes en celo. Carmen clavó los tacones de
aguja en el techo del Audi A8, porque la cosa se les fue de las manos y ni tiempo de
buscar un hotel les dio.
Y llegó el gran día.
La madre de Lucía, debía someterse a una prueba médica en el hospital. Y quiso
la suerte, o la fatalidad, que Lucía pidiera a Mario que las llevase él, pues aparcar
en aquella zona era un auténtico suplicio. Y Mario claro, no iba a negarse, bastante
culpable se sentía ya, como para negarse a llevar a la buena mujer a hacerse esas
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