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[ Relatos cortos 2020 ]
Y es que Mario nunca ha sido un chico al uso. Me explico.
Cuando a los dieciséis, la mayoría de sus amigos se entregaban al “amor propio”, él
escribía cartas de amor a Lucía, pero de amor a lo Bécquer, ojo, nada de palabras
soeces, ni expresiones ñoñas.
A los dieciocho, Mario dibujaba constelaciones con los lunares de la espalda de Lucía y
aprendía junto a ella, que el amor es un manjar que se cuece a fuego lento, se sazona
con caricias y se bebe a sorbos, directamente de los labios del otro.
A los veinte, Mario y Lucía hacían planes de futuro. A los veintitrés, se convirtieron
oficialmente en compañeros de viaje. Y menudo viaje, porque a los 25 ya tenían a dos
mellizos que se turnaban para dormir, no fuera que a sus progenitores se les olvidara
que ya no estaban solos.
Y todo esto viene a que, ahora Mario tenía cuarenta años, una vida estable, una
relación consolidada, le había cogido el tranquillo, más o menos a eso de la paternidad
y capeaba como Curro Romero, los envites de la adolescencia de sus retoños. A veces
con tiento, otras con arte y la mayoría de las veces, sin mucha gloria, pero tampoco sin
penas, vamos, que ya podía darse con un canto en los dientes.
Pero esa mañana, marcaría un punto de inflexión en su devenir cotidiano. Se estaba secando
después de una ducha, y de repente la vio. Si, la vio. Allí, intentando, sin conseguirlo, pasar
inadvertida entre sus congéneres más oscuros, como si la cosa no fuese con ella.
Al principio, Mario pensó que podía deberse a algún resto de toalla, pero tras doblarse
sobre sí mismo, achicar los ojos y fijar la vista, la miró y ya no tuvo ninguna duda.
Mario esa mañana había descubierto que tenía una cana. UNA CANA.
Y ESA cana, no estaba en la cabeza, no señor, no estaba en la cabeza...
Y claro, Mario se miró en el espejo y de repente no vio al chico que recordaba de
todos los días, no. Ese día Mario, descubrió a alguien totalmente diferente. Alguien
que, aunque sabía que siempre había estado ahí, no sabía por qué puñetera razón,
no se había parado a mirarse a los ojos tal y como lo hacía ahora. Bueno, los ojos, las
patas de gallo, los pelos de las orejas, un atisbo de papada y una incipiente barriguita
cervecera. Y la cana. ¡La puñetera, CANA!
El efecto de esa cana, fue como Neo en Matrix. A Mario se le abrieron los ojos. Mucho.
En sentido literal, pero también en el otro. Mario accedió a través de ese pelito blanco,
a una realidad que antes no había existido para él. Una realidad que había surgido
como cuando limpiamos el vaho de una ventanilla y lo que antes aparecía borroso y
desdibujado, ahora, tras pasar la mano por el cristal, se vuelve nítido y cristalino. Mario
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