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[ Relatos cortos 2020 ]
Me hubiera gustado preguntarle muchas cosas: cómo había llegado hasta allí,
en qué se había equivocado y cuántas veces, si fue feliz, alguna vez, aunque entonces
no lo fuera, y mil cosas más. Pero no lo hice. No quería elevar mi voz y asustarlo y,
en el fondo, no quería preguntarle nada por temor a que se atreviera a darme unas
respuestas que no quería escuchar.
Algunas noches parecía que los papeles se invertían, y sentía que cada una de
las caladas que le daba a mi cigarrillo provocaba un tenue cambio de presiones que
hacía que se moviera la hojarasca en la acera (y quizás también, dentro de mí). Y era
yo el que se asomaba a la ventana, como si fuera un espectro y, aunque no podía
verlo, sabía que está allí porque la luz de su cuarto estaba encendida. Y sentía que él
podía verme y que quizás pudiera incluso ver el vacío que palpitaba en mis entrañas.
En cierta ocasión había leído que la Vía Láctea giraba en torno a un inmenso agujero
negro que terminaría devorando a toda la galaxia en algún momento, dentro de varios
millones de años. Yo, de alguna forma, sentía que aquel proceso ya había comenzado
dentro de mí. Y me sentía desnudo al pensar que aquel hombre que se asomaba a la
ventana, quizás pudiera sentir el vórtice que giraba dentro de mí.
Muchas veces pasé la noche en vela, contemplando el rectángulo de luz que
enmarcaba la figura de aquel hombre. Y me sorprendía la alborada, silenciosa también,
como si fuera una niebla de miel. Pasé muchos días oculto tras la cortina, espiando
quién salía y quién entraba al portal del edificio de enfrente. Conocí a cada uno de los
vecinos del bloque, cuarenta y seis en total. Pero nunca lo vi salir del edificio. Comprobé
que no había otra puerta de salida. Incluso tuve la tentación de preguntarle a algunos
de los vecinos si aquel hombre existía, en realidad, o no era más que una invención
mía. Pero, ¿qué podía preguntarles?, ¿si conocían a un hombre que, de madrugada,
mientras se fumaba un cigarro, provocaba pequeños remolinos de viento que hacían
que las hojas se acumularan en el mismo rincón?, ¿a un hombre que apenas mantenía
su forma gracias a los escasos milímetros que conformaban su piel?, ¿a un hombre
que sabía que en mis entrañas giraba un agujero similar al que, dentro de millones de
años, engulliría a toda la galaxia? No, no podía preguntarles nada acerca de alguien
que no conocía. Me tacharían de loco. Y no me gustaba que me llamaran loco.
A veces lo buscaba y no lo encontraba. No había nadie en su ventana y las
hojas de los árboles, permanecían en las aceras, desordenadas. Y podía fumarme
medio paquete de cigarrillos sin que su silueta apareciera en la ventana. Y temía que le
hubiera podido ocurrir algo, y que jamás volvería a asomarse a aquel rectángulo de luz.
Y no me quedaba tranquilo hasta que, una o dos noches después, volvía a encontrarlo,
en la ventana, igual que siempre, ajeno a mi lucha por sobrevivir a su naufragio.
Me sentía en paz cuando lo encontraba allí, aunque él no pudiera verme. Era yo
el que necesitaba verlo, allí, preñado de silencios, como si fuera un folio en blanco. Y
solo entonces, después de verlo, reunía el valor suficiente para enfrentarme al silencio
de mis cuadernos. Escribía varias páginas, y de mi pluma, más que tinta, parecía
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