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[ Relatos cortos 2020 ]

	 El duelo

A pesar de que Romualdo seguía respetando los deseos de su mujer, no consentía
que ningún intruso tuviera la más mínima intención de pensar en ella, y el luthier había
traspasado con creces la barrera del decoro. Tiró del brazo de María y siguieron su
camino, mas él no olvidó aquella afrenta. A la mañana siguiente, Manuel encontró una
nota atrapada en la puerta del taller. Romualdo lo retaba a un duelo la noche siguiente
junto al faro abandonado, justo cuando sonara la última campanada de las doce.
Aquel faro nunca había dejado de alumbrar, aunque se tenía constancia de que se
había cumplido el deseo del último farero: lanzar sus restos al mar. No obstante, la luz
seguía dando vueltas, mostrando a los pocos barcos que navegaban por esos lares el
brillo de las mareas y la espuma de los temporales.
A la hora fijada, los duelistas se encontraron frente a frente, Romualdo, con un sable en
la mano derecha, Manuel, con un laúd. Antes de que Romualdo pudiera dar la primera
estocada, creyendo que el arma de su contrincante era un trabuco camuflado, Manuel
se puso a rasgar las cuerdas del instrumento. Aquella mezcla de notas discordantes
se enredó en el cuello de Romualdo, que cayó de rodillas, hasta que un si bemol final
acompañó su último aliento. Por primera vez, Manuel había usado el laúd que le regaló
su padre y que sólo contenía dos melodías, tras tocar la que atraía a la muerte.
Enrabietado por haberle quitado la vida a un hombre, destrozó el instrumento contra
el faro y corrió hasta la playa, a rezar una plegaria por aquel desgraciado que no supo
por qué ni cómo había muerto.

	 Caso cerrado

Los oficiales del pueblo, al encontrar el cuerpo de Romualdo sin aparentes signos de
violencia, lo llevaron al forense que, tras un somero estudio, determinó que el deceso
lo había provocado un fallo cardiaco.
Desde ese día María fue obligada por la familia a guardar un luto riguroso, mientras se
frotaban las manos pensando en el pajar, las vacas y la lechería. Y así fue como María
stituyó a Romualdo y comenzó a despachar la leche por el pueblo, y un luthier que
jamás la probaba, pues le descomponía el vientre, encargaba un litro diario.

	
	 El laúd

Manuel reconoció el laúd que le trajo aquel extraño. En un primer momento pensó
que, quizá, fuera un detective disfrazado que quería mostrarle la certeza de que la
muerte de Romualdo había sido premeditada. Una vez reconstruido, tendría la prueba
incriminatoria y al culpable. Si su destino era pasar el resto de sus días en una mazmorra,
él no pondría impedimento. Con el esmero que siempre ponía en su trabajo, fue dando
vida de nuevo a aquel laúd, introduciendo entre sus cuerdas las dos únicas melodías
para las que fue diseñado, y lo dejó colgado en la pared, a la espera de aquel hombre
y de los acontecimientos que vinieran con él.

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