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[ Relatos cortos 2020 ]
podía creer. No sabía qué había pasado con su marido y que lo más probable era que
ya no iba a volver a casa nunca. Todos sus sueños se fueron con él, pero tenía que
seguir adelante por su hijo. Pedro afrontó la noticia con mucha tristeza, pero a la vez
con valentía, tenía una fortaleza infinita y dentro de su corta madurez sentía que su
padre aún estaba con vida.
Pasaron varios años y Pedro ya no era un niño, se había convertido en un muchachito
de 19 años. Aunque estaba estudiando, su gran pasión seguía siendo el mar y por ésta
razón decidió un día embarcarse mar adentro en busca de respuestas. A su madre no le
gustó nada la noticia, pues le aterraba todo lo relacionado con el mar desde que su marido
desapareció. Pero también entendía que era la gran ilusión de su hijo desde pequeñito.
- No temas por mí mamá, sé cuidarme, el mar no es peligroso, sólo hay que entenderlo
y hacerse amigo de él. Además ¿te acuerdas de lo que le pedí a papá y nunca pudo
conseguírmelo?. Pues ahora es el momento de que yo vaya a por él, porque seguro que
papá hubiese hecho todo lo posible por cumplir su promesa y traerme mi caracola grande.
Tengo que saber qué pasó realmente aquella madrugada de sábado cuando
desapareció el buque misteriosamente, tengo que hacer el mismo recorrido que hizo
aquel barco. - explicó Pedro a su madre con mucha entereza.
Y al día siguiente, Pedro marchó en un modesto barco que le habían prestado
unos amigos de su padre. Era tan feliz de lanzarse al mar, de sentir la brisa en su piel,
de rozar el agua que salpicaba su pelo que se había olvidado por completo de los
peligros que acechaban también.
Cuando cayó la oscura noche, una fuerte tormenta se desató. Las olas empujaban
fuertemente su barco y justo en una de ellas, el barco volcó, dándose la vuelta por completo.
Pedro cayó a las frías aguas del océano Atlántico y justo en ese momento vio un halo de luz
que salía del fondo marino. Pedro se sumergió buscando aquella luz y al momento de tocarla
se trasladó en otro escenario. Despertó a orillas de una silenciosa y solitaria playa, una playa
preciosa, de arena blanca y aguas cristalinas. Un arco iris lucía desde el horizonte del mar
y el sol relucía más que nunca. Sentado en la arena y desconcertado por aquel momento
tan sereno, vio como una sombra se acercaba hacia él. Parecía la silueta de un hombre que
caminaba despacio pero con paso firme con una gran bolsa en una de sus manos. Hasta que
no se acercó y se agachó hasta su altura no pudo contemplar quién era realmente.
- ¡Papá! ¿Eres tú?. -preguntó Pedro a aquel hombre extrañadamente.
- Hola hijo, sabía que algún día volvería a verte y a abrazarte.
- No os preocupéis por mí, este lugar es maravilloso y aquí no hay sufrimiento
ninguno, pero tú debes regresar con tu madre, sería muy duro para ella que no volvieras
tú tampoco. - contestó Fran a su hijo encantado de volver a verlo.
Pedro en ese momento no entendía la situación, no sabía qué decir, todos los
años que habían pasado habían pensado que su padre estaba muerto. Como el padre
vio la cara de desconcierto de su hijo, sacó en ese momento dos grandes caracolas
marinas de la bolsa y se las entregó a Fran.
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